En los siglos XIII y XIV, existían los portulans, cartas náuticas pre-cartográficas basadas en los apuntes, notas e instrucciones de viaje de los marinos. En los mismos, el diseño del espacio permanecía aun centrado en las propias experiencias del viajante, remitían a viajes concretos y existenciales. La brújula y luego los diferentes instrumentos de navegación como el sextante y el teodolito introdujeron una nueva dimensión en la cartografía. Al guardar relación con una totalidad que incorporaba incluso a las estrellas, los itinerarios se volvieron abstractos v no vividos.
¿Será que la frecuencia y longitud de nuestros trayectos determinan el espacio? ¿O existirá, acaso, una instancia superior, desconocida y misteriosa, que cartografía de antemano nuestras vidas?
Los paraísos del sur
A finales del siglo XVII tuvieron lugar dos importantes acontecimientos estelares: primero, Tycho Brahe replanteó por primera vez en catorce siglos, las posiciones de las estrellas de Ptolomeo; segundo, el holandés Pieter Keyser, que navegaba hacia Java cruzando el Cabo de Buena Esperanza, se puso a observar los cielos del sur y descubrió doce nuevas constelaciones. Mientras que las constelaciones de los Paraísos del Norte habían sido nombradas, algunas de acuerdo a la tradición babilonia (el Escorpión, el León, el Toro) y otras a partir de diferentes figuras de la mitología griega (Perseo, Andrómeda, Hércules), las estrellas sureñas se anexaron a la carta celeste tomando sus nombres o bien de seres exóticos (el Tucán, el Ave del Paraíso, el Pez Volador, el Águila, el Indio) o bien -siguiendo el espíritu científico de la época-, de instrumentos como el Reloj de Péndulo, el Compás, el Telescopio, el Globo Aerostático, el Octante, el Horno de Química, la Máquina Eléctrica, etcétera.
Sintetizador de voz: Bell Labs (castilian, normal)
Sonido de cabina: Airbus 320 |